TOMÁS EN EL PAÍS
Hoy no he comprado El País, pero he leído en su edición digital la entrevista con Tomás Gómez que, imagino, se habrá publicado en la última página del diario impreso. Una entrevista que demuestra que la ingente tarea que tiene por delante el nuevo Secretario de Comunicación y Estrategia empieza a dar sus frutos.
Nuestro secretario general (“flamante”, escribe el periodista) se da a conocer como un hombre preparado y perfeccionista, que exige a los demás porque primero es exigente consigo mismo, y algo dandy (elige para la cita un elitista restaurante, lo cual es importante para quien espera presidir la Comunidad de Madrid y, por tanto, regir la mayor economía de España).
De lo que deja traslucir sobre su personalidad me gustan muchas cosas y no me acaban de convencer algunas otras...
Por ejemplo, me gusta que duerma poco (porque yo también lo hago y sé que muchas ideas nacen durante la madrugada) y coma fuerte (salvo error, se mete entre pecho y espalda unos ravioli con huevo antes de compartir con su entrevistador sendas raciones de rape, chipirón encebollado y steak tartare, prescindiendo del postre y el café, que sustituye por té); también, que haga deporte y sea creativo, tanto por pintar al óleo como por seguir trabajando en la tesis de su Doctorado en Gestión Sanitaria; tampoco está de más que traiga a colación lo de sus Matrículas de Honor (siempre lo hacemos quienes acumulamos más de una...), aunque si son en la E.G.B. quizás habría que dejarlo estar; y, por supuesto, que haya estudiado Ética y no Religión.
Pero si hay algo que me encanta es lo de sus imitaciones, otrora un secreto que ha dado a conocer a la opinión pública: al parecer, es genial (“encadena imitaciones con pasmosa facilidad”) remedando a Paco Umbral, Felipe González, Santiago Carrillo o Alfonso Guerra, lo cual puede convertirle en la estrella de un programa radiofónico (no en televisión, donde queda mal) llegado el momento de la campaña electoral. Al votante le gusta saber que su líder hace cosas al margen de la política, y si además las hace bien y son simpáticas, mejor que mejor.
Termino con lo poco que no me ha gustado: por ejemplo, que presuma de hablar poco (“el hermético”, le llamaban), porque a veces pienso que quienes callan quizás lo hagan porque no tienen nada qué decir; también me disgusta la referencia a su estajanovismo (“trabajo, trabajo, trabajo”), porque soy de los que prefiere el rendimiento, hoy denominado productividad.
En todo caso, celebro que Tomás sea de los que aprecia la faena y las pocas palabras, ya que la segunda vez (la primera fue durante el Congreso Extraordinario del PSM) en que coincidí con él, a la puerta de Miguel Fleta (él entraba y yo salía), le di la mano con prisa mientras me marchaba y sólo le dije: “Vamos, a trabajar”.
Y así me marché, mientras él me miraba como diciendo: ¿Y éste quién es?